Profundo Azul, como el Mal

La tarde comenzaba a pintar con los rojizos tintes que entre el sol y luna pueden crear para el ojo humano. Ella podía visualizarlos desde la ventana de su habitación, pensando en lo ocurrido en el día. Conoció a la única persona, que sin temor alguno, podía mirarla a los ojos, y más allá; sin ningún temor de hablarle y de hacerla sentir algo. Sostenía la toalla y la deslizaba sobre su cabello rubio, aun húmedo, mientras en silencio volvía a pensar en los sucesos.
Comprendió también que un simple golpe pudo haberlo alejado, pero no fue así. Había salvado su vida en ese instante y podría hacerlo en cualquier momento; si es que ella le necesitara. Pensó en mil formas de cómo agradecerle. Comprarle algo, llevarlo a comer, pasear por la playa, darle un beso en sus labios… cualquier cosa. Pero tal vez nada de eso podría hacerle ver el agradecimiento por parte de ella; porque todo era algo simple y nada duradero. Cualquier cosa material se desvanece, así como un beso sin amor, se desvanece en promesas que se rompen al finalizar el acto. Una de las más grandes mentiras inventadas por corazones y mentes extraviadas. Sus sentimientos en esa tarde no traspasaban su mente, pero si podían viajar a través del frío cristal, hacia el mar y el hermoso atardecer.
*** El receptor de sus ideas, pasó la tarde en la playa, mirando al embravecido mar generando ola tras ola. No pensaba exactamente en ella, sino en sus ojos y en cómo la miró al abrirlos. Tocaba su enrojecida mejilla, que comenzaba a tomar el mismo púrpura nocturno con el que se pinta el sol al morir por la tarde. El mar le reclamaba un alma más, mientras el joven Jacob sonreía al pensar que le había arrebatado algo a la muerte. Aunque ese ser innato a todos, suele vengarse de distintas formas. Jugueteaba con la arena, hasta que a lo lejos, vio venir a uno de sus vecinos corriendo velozmente hacia donde él. Evitándole la fatiga, Jacob le alcanzó a mitad de su recorrido. Podía escuchar al mar reír, tenue y sigilosamente; pero ahí estaba esa risa. Algo muy profundo le indicaba que la muerte suele vengarse de uno o muchos. La imaginó nadando en las profundidades, viajando a velocidades que ningún ser humano conoce, tan solo para realizar sus actos funestos. Y no se quedaba en el mar. Saltaba de él y proseguía por la arena, pavimento, edificios, casas, aire. La tierra era la muerte. Podía verla yendo de un lado a otro, una sombra inconmensurable, pequeña y a la vez infinita, un leve soplo de la nada y a la vez una tormenta de aire oscuro de allá hacia acá. El susurro y las risas terminaron, justo con la noticia de uno de sus vecinos.
Sin parar, dejo atrás los sentimientos de aquella chica, enterrándolos en la arena, mientras el mar recogía sus recuerdos y se los llevaba hacia dentro.
***
El sol no sale igual para todos. Algo así escuché una vez y en verdad, es tan cierto aquel dicho. Parece iluminar y encandecer a cada ser, material o vivo, con su misma intensidad; que a veces uno no se da cuenta de que existen las sombras propias generadas por cada cuerpo habitable en la tierra.
Esa mañana, un sol cualquiera, Audrey se había vestido para ir en busca de su salvador y viajar por la playa el tiempo suficiente para encontrarlo; tarea que se le dificultaría en cada minuto conforme avanzara el día.
Se despidió de cada uno de los que, en el hotel trabajaban, todos la miraban admirados. Era como un sol distinto el verla pasar. Tomó un taxi y nuevamente fue directo a la playa. Su plan no fallaría. O esa pensó en ese instante.
Hacia un excelente día para estar ahí. Había llamado a su madre la noche anterior y antes de comenzar su búsqueda lo haría; antes, necesitaba hallar un refugio seguro para hallar al joven, un sitio donde se reuniera la mayor parte de la gente para tomar algo refrescante en un día soleado y a la vez caluroso.
Halló tres puntos diferentes, concluyendo que buscaría en los tres a su debido tiempo. Pero hallaría a su salvador en medio de la playa, junto a su carrito de cocos. Y es que, ¿quién se resistiría a un agua de coco en el intenso calor de la playa?
Ella al menos sí; no le gustaba el coco, era una fruta demasiado seca y sin sabor.
El día avanzó y su paciencia también.
Suspiro a suspiro, pasando la mañana; preguntando a algunos turistas. Posando para fotografías que luego se revelarían en una tienda cercana. El mar muy tranquilo a como estaba ayer; hoy, temerosa de volver a entrar, aunque se lo solicitaba con cada pequeña ola que llegaba hasta sus pies. No se sentía asustada. Pensó que si ella estuviese nuevamente en peligro, aparecería él; como si fuese un super héroe o su ángel. No aparecía. Era un hecho factible.
Prefirió entonces avanzar hasta un lugar para comer y beber algo. Su infructuosa búsqueda también le hacía tener hambre. Muchos jóvenes se le acercaban, con temor, a averiguarla, aunque huían despavoridos de pasión al intentar mirarla a los ojos.
“Jacob no huyó”, pensó.
Incluso, la joven que atendió su orden, se sorprendió en demasía al ver sus profundos ojos. Una chica de tez morena, cabello oscuro y ojos tan penetrantes y negros como la oscura noche. Ambas se miraron como si, se conocieran por un instante. Era como si el destino las hubiese puesto en un momento adecuado para verse.
-… ¿Necesitas algo más?
La comunicación se cortó cuando Audrey se puso las gafas.
-… No. Gracias…
-Eres muy bonita. ¿Vienes sola?
Audrey volteó sin pensar un minuto en la conversación y se le ocurrió una idea.
-Sí y no. En realidad no. Estoy buscando a un amigo. Se llama Jacob. Él vende cocos por aquí. Lo encontré ayer mientras…
-Te sacó del mar… Ya lo recuerdo. Si, eres tú. Vaya, ahora entiendo por qué te salvó. Su tono de voz al mencionarlo fue frío y nada sentimental. Empezaba extrañamente a nacer un poco de odio en la conversación, pero ninguna se daba cuenta de ello en realidad.
-¿Sabes dónde puedo encontrarlo?
El dueño, y padre de la chica morena, se acercó a ella, no sin antes gritarle que se apurara con las órdenes. Al escuchar un poco la leve conversación que mantenía su hija con la “extranjera”, se acercó para comentarle un suceso corto, pero significativo.
-Soledad, te pido que me apoyes con la gente que va llegando, hoy no tenemos tanto personal, si es que quieres retirarte temprano también. Yo converso con la señorita. Soledad miró a su padre y tras el cortés “buen día y buen provecho”, se retiró de la mesa de Audrey para ayudar a los nuevos comensales.
El padre de Soledad se sentó en la mesa de Audrey. Ella iba a retirarse las gafas. -No será necesario señorita, si usted así se siente cómoda.
-Usted no se sentiría cómodo, ¿verdad?
En un ligero gesto risueño asintió.
-Ayer pudimos percatarnos del incidente. Jacob fue valiente al ir hasta allá y salvarla. Nadie lo ayudó. Intentamos pedir asistencia médica, pero él se la llevó a un lugar seguro, recordará por qué.
Se sonrojó un poco al recordarlo.
-La cosa es que, ayer cuando usted se fue, le hablaba a todo el mundo de cómo la salvó y pues, no se sienta avergonzada, a todo el mundo le enseñó la buena cachetada que le dio. Comenzó a reír, pero Audrey no sabía si sentirse halagada o incómoda.
La risa se fue apagando, dejando ahora un rostro serio y triste en la figura grande de aquel señor. -Ocurrió algo en la noche de ayer y usted debería saberlo. Creí que sería una de muchas, otras más que se va y abandona a nuestra humilde gente de la playa. Pero ahora que la veo aquí, buscándolo para tal vez, quiero pensar, recompensarlo por su acción, lo cual aplaudo; hoy más que nunca búsquelo. Su padre falleció ayer por la noche.
La noticia enfrío el cálido cuerpo de Audrey y retiró lentamente las gafas oscuras de su rostro. Una lágrima asomó, luego otra. Era como si el mar embravecido azotara su rostro. Una tempestad luchaba en su mente y corazón. La había salvado, en consecuencia, su padre había muerto. El señor tomó su hombro e, intentando no llorar, la dejó sola.
-… Si quieres saber dónde vive, puedo llevarte. Termina tu comida y ve, te indicaré el camino. No creo que quieras esperarnos hasta que cerremos, iremos más tarde. Era una persona muy querida por aquí, pero, como puedes darte cuenta, nuestro sustento es diariamente mantener nuestros negocios y él lo entiende aunque ya no está con nosotros.
-Quiero irme ahora…
Suspiró. Una interna batalla entre su sentir y el odio por la situación comenzaba. Sus lágrimas salían aún más. Podría decirse, que de seguir llorando, sus ojos azules tal vez se tornarían blancos. En un instante, el mar también comenzó a batirse de forma extraña, las olas eran más grandes y los turistas corrieron. Nadie podía percatarse de la relación entre Audrey y el mar, pero sí el padre de Soledad.
-Calma. Mantén la calma. El mar te ha dado algo suyo y debes mantener la calma por ello. En las grandes tempestades no debemos ocultarnos o enfurecernos, debemos afrontarla con lo que tengamos y podamos. Le pediré a un amigo que tiene un taxi te lleve ahí y puedas ver a Jacob. Le hará bien mirarte. Aunque no sé si esté bien llorar. Va a necesitar algo más.
Enjuagó las lágrimas y agradeció al padre de Soledad la información. Ambos avanzaron a donde el taxi. Le explicó a donde la llevaría y el taxista no podía dejar de mirar esos ojos profundos, y a la vez tristes.
Audrey se había dado cuenta de que, en su tristeza, nadie se interesaba en el color de su mirada. Perdía todo interés. Subió al taxi, no sin antes despedirse de aquel hombre, fornido pero a la vez endeble de alma. El taxi ascendió por los caminos. El sol, brillaba igual para todos, excepto para ella y Jacob, que tal vez se encontraba sumido en una sombra física y mental. El mar, aun inquieto, se azotaba contra el arenoso suelo.
*** Llegaron a una pequeña colina, donde al subir, podían divisar una casita humilde, de techo de lámina y algunas cañas. Fachada color azul, de adornos, algo de arena y pedrería, puestas así por la naturaleza. A la entrada algunos pajarillos, que hoy, no cantaban.
Audrey intentó imaginar aquel sitio, lleno de alegría, con tan solo un número de integrantes de familia, no hoy, con tanto color en la vestimenta, pero almas ennegrecidas. Mucha gente a la entrada, todos tristes. Alguno que otro, sonreía; recuerdos tal vez, aunque al instante, se apagaba la sonrisa y sin preguntar cómo, sus rostros se volvían tristes y el llanto emergía.
El taxista dejó a Audrey cerca de una pequeña saliente, para que ella ascendiera por el sendero curvo a la casita. Le ofreció su pago, pero el taxista se negó a ofrecerlo. Descendió del transporte y dando media vuelta, el carrito avanzó cuesta abajo, muy lentamente, como intentando no incomodar ni hacer ruido.
Se puso sus lentes oscuros y avanzó entre la multitud. Buscaba a Jacob, sin preguntarle a nadie. Solo iba y venía entre tanta gente. Al final, por una ventanita pequeña de uno de los cuartos, lo vio, fuera de la casa. Avanzó hacia una portezuela de madera y caña y la abrió silenciosamente, para así sorprenderlo. Estaría contento de verla. O se preparaba para algo peor: verlo llorar. Se detuvo unos pasos detrás de él. Iba a decir algo cuando habló:
-¿Sabes cuántas veces vine aquí a ver el mar con mi padre?
Esperó un minuto. Jacob no volteaba.
Audrey se sentó en el suelo rocoso.
-Dime cuantas, porque me interesa saberlo.
Jacob volteó, muy extrañado de no reconocer aquella voz.
Audrey se retiró las gafas oscuras. Jacob volteó completamente y se puso frente a ella. -Azul.
-¿Qué?
-Olvidé tu nombre y te puse Azul.
Ella sonrió pero no pudo contener la lágrima que enardecida emergió de su mirada profunda. Jacob tomó su lágrima y la enjugó con su dedo índice.
-Ya entiendo por qué el mar está molesto. Eres su causa.
-Mi causa es tu pérdida. Y mi nombre no importa. Azul me gusta si me lo pones tú.
Ambos se miraron en silencio, como la atmósfera a su alrededor.
-… Me ibas a decir cuántas veces viniste aquí con tu padre a ver el mar.
Jacob suspiró y cuando iba a comenzar su historia, Audrey lo interrumpió.
-¡Espera! Bueno, no soy buena haciendo esto. Vine a buscarte porque… me salvaste y, más que un golpe, creo que debí de haberte dado las gracias de una mejor forma. Y prefiero perderlo todo, porque por mí, ahora estás pasando esto. Las vidas se cobran una por una, así es la muerte y creo que debo hacer lo correcto en este caso. Lo correcto para mi es, prometerte. No, más bien, ser con quien ahora puedas ver el mar. Porque siempre lo he visto, pero jamás lo he admirado como tú lo haces. Me quedaré contigo, hasta que aprenda todo sobre el mar…
Jacob no decía una palabra. Ella tomó su mano.
A lo lejos, un calmado mar sonaba, y empezaba a silenciarse lentamente, mientras la noche comenzaba a caer y los jóvenes, ahora amorosos, amantes por casualidad, seguían sentados en el mismo sitio, hablando poco, mirándose mucho, sin entender nada aun, de lo que estaba sucediendo.
Promesas, se las lleva el viento, pero esa noche, no hacía nada de viento.