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"El Redactor de la Muerte", Capitulo II.


Ha sido larga la espera mis queridos lectores, pero créanme que el trabajo con el cual ahora lidio, es desgastante, así que fue por ello, algo imposible volver a escribir otra redacción de esta, mi historia.

También debo confesarles, que fue una proeza obtener la carta que tanto les había prometido y es que, entre tantas cosas, me fue difícil hallarla y sobre todo, transcribirla para que ustedes sean testigos de los sucesos de tiempo atrás. Vaya pues, aquí un fragmento de la carta, esto es, debido a que muchas de las letras son ilegibles debido a la antigüedad del documento:

“27 de Agosto de 1912. Señor Brave: El trabajo que usted llevará a cabo, será en nuestro continente europeo, de donde, sé que usted tiene raíces, solo que en esta ocasión, será en la provincia de Polonia. Le comento brevemente la situación por la que está pasando mi familia. Hace ya algunos años, mi padre, el señor Günter Lahm, salió a unas tareas en el campo. Si volvió a casa, pero esto, en sobremanera apresurado; algo que alertó a mis hermanas y por supuesto a mí. Por la noche, escuchamos algunos ruidos provenientes del viejo cobertizo ubicado al lado de nuestra propiedad. Salí en busca del objeto, ser o ente, que estuviese generando aquellos sonidos. Para cuando llegué, temeroso al cobertizo, encontré… Señor mio, para comentarle algo más sobre el problema, nuestro querido padre ha desaparecido en nuestra propia casa, en nuestro país y es hora, que ni los trabajadores del campo, ni siquiera nuestro sirviente hindú, han podido hallarle. Es menester, su presencia en nuestras tierras, nuestro padre es un eminente personaje para la economía en estos tiempos tan complejos. La casa es ahora cálida después de aquellos sucesos, pero cabe señalar que en ocasiones vuelve ese frío tétrico de aquella noche, en la cual, encontré aquel… Sírvase entonces, como premisa, de un boleto hacia Londres. Ahí lo esperará nuestro sirviente para traerle hacia Polonia y nuestro humilde hogar. Debe encontrar a nuestro padre y su reputación es excelente en lo que ya sabemos de nuestro pequeño y ahora, comunicativo mundo”…

Omito de momento detalles sobre el escritor de la carta, los que más adelante conocerán. Como ya he dicho, desafortunadamente muchas partes de esta carta no las pude transferir por la vejez del papel y la tinta, además de que no proporciono algunos datos que yo, con antelación, conozco y son de suma importancia para no adelantar nada en este relato. Vamos lentamente mis amigos, quisiera contarles todo, pero, se llevarían una vida en entender mi situación. Vaya que sí se la llevarían.

Al recibir la carta, ya abierta en ese momento, hablé con mi entonces mujer, para calmar las cosas y preparar mis cosas para salir en el próximo barco hacia Londres. Llevaría, como suelo hacer en la mayor de mis investigaciones, una libreta para anotaciones, algunos mapas del viejo continente, pluma, brújula por si existe algún desvío durante el viaje, acostumbrada ropa de trabajo y, si el tiempo lo permite, ropa deportiva para salir de paseo y conocer Polonia. Vaya que ese fue uno de las fallas durante el viaje y, si no les falla su memoria mis amigos, en los años siguiente, porque Polonia fue ocupada. Ustedes ya saben eso. Mi esposa, Ming, en realidad se encontraba consternada acerca del viaje y es que, habíamos pasado tanto tiempo juntos que, el hecho de separarnos en esta ocasión, no sería de lo mejor. Me preparó una excelente cena y algo para el viaje del día siguiente y claro, tuvimos el acostumbrado sexo de todas nuestras noches de casados, aunque este fue singularmente especial. El día siguiente, soleado en extremo, como la cantidad de personas listas para abordar el barco que nos llevaría hasta Londres. Mucha gente del vecindario despedía s sus seres queridos, así como algunos prominentes millonarios de otras partes de América Central y del Sur, quienes habían realizado un largo viaje hasta este, nuestro sitio.

Antes de subir al navío, despedí a Ming con un gran abrazo y un apasionado beso; el cual continúa circulando su sabor y sensación por cada parte de mí; y subí los peldaños de la escalera hacia el barco. En cada 3 pasos, volteaba a ver a mi esposa, mientras movía la mano en señal de despedida. Mis pies, firmes, se posaron, junto con todo mi ser, sobre la embarcación. Desde una de las laterales pude ver a mi esposa, sosteniendo un pañuelo blanco, así como muchas otras mujeres con sus respectivos maridos.

Tardamos un poco en partir, debido a la enorme cantidad de personas que viajarían dentro del barco, no sin antes, verificar que todo se encontrara en orden para partir. El sonido de la proa y popa, el enorme silbato y las chimeneas, comenzaron a trabajar. Y fue así, como la embarcación comenzó a moverse lentamente. Lágrimas arriba y abajo, pero a fin de cuentas, todas hacia el suelo. Las despedidas suelen ser difíciles, sobre todo, si el tiempo no permitirá un pronto reencuentro.

Así fue como emprendí el viaje a Londres, en el cual, tardaría en llegar algunos días. Se nos dijo que entre 5 o 7 días, si el clima y otras situaciones lo permitían llegaríamos sin contratiempos. Dentro del camarote en el que me instalé, puse cada uno de los objetos que llevaba en mi maleta. Fue entonces cuando la puerta de mi habitación sonó con vehemencia. Al abrir la puerta, un caballero, algo viejo pero ostentoso, regordete y feliz, estrechó mi mano sin mi consentimiento y me pidió que tomara una copa con él en la proa del barco, ya que era importante que conversáramos.

Esto, debo dejarlo por ahora pendiente. Nuevamente tengo que ponerme a trabajar. Este trabajo está acabando conmigo, pero de momento, no puedo comentarles aún más sobre mi situación actual.

Agradezco su atención y, en otra ocasión, seguiré relatando lo que ocurrió con el caballero regordete y mi llegada a Londres...


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